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Las postales de los puestos situados en el paseo del Lungotevere que va desde El Castillo de San’Angelo hasta El Vaticano muestran imágenes de amor cuyos protagonistas son dos dibujos que representan diferentes escenas: una pareja comiendo pasta en un restaurante típico italiano, dando un paseo en Vespa, ella tirando una moneda en la Fontana de Trevi mientras él la mira, los dos metiendo la mano en La boca de la verdad…

Paseando por Roma siempre encuentras a parejas de todos los puntos del mundo que van pregonando su amor por todos los rincones de la ciudad. Por mucho que digan que París es la ciudad del amor, o en Italia se hable de Venecia como la ciudad más romántica con sus cortos pero intensos paseos en góndola, la capital italiana también tiene su lado romántico, y si no, lean Roma al revés, es decir: AMOR.

Capítulo 1

Es una mañana soleada de otoño y el metro está más vacío que de costumbre según una señora de unos 60 años que comenta que se debe a los atentados terroristas de hace varias semanas en París. Roma está en alerta máxima de atentado terrorista, y por eso en cada parada de metro y en cada monumento histórico de la ciudad hay un comboy con una pareja de militares que llevan en sus manos un fusil, velando por la seguridad de los ciudadanos.

Llegamos a El Trastevere después de cruzar la ancha avenida de Vittorio Emanuele II a la altura del Largo di Torre Argentina. En estas ruinas apestaba el olor a orín de gato en la explanada de Area Sacra, en donde se alzaron cuatro templos del siglo II a.C y de los que ahora tan solo quedan cuatro columnas, piedras labradas tiradas y gatos. Oí decir a una guía turística que aquí tienen su residencia más de doscientos gatos de los miles que habitan la ciudad y su olor lo corrobora.

Paseamos por la orilla del Lungotevere mientras vemos los preciosos puentes romanos. Para quien se lo proponga puede ser un recorrido muy romántico. Nos llama la atención cómo en medio del Ponte Fabricio está una isla conocida como la Isola Tiberina que divide el puente en dos partes. Al cruzarlo se entra de lleno en El Trastevere, llamado así por estar tras el Tíber (el río que recorre Roma). Este barrio es el más bohemio de la ciudad.

Según cuenta Javier Reverte en su libro ‘un otoño romano’  un tal “Giancarlo” le contó lo que era el Trastevere en dos minutos:

“-Después de la guerra se convirtió en un barrio pobre, lleno de drogadictos y borrachos. Y los artistas, que siempre son pobres, buscaron viviendas en la zona porque eran muy baratas. Y entonces los ricos, a los que siempre les gusta estar rodeados de artistas pobres para presumir ante los otros ricos de que conocen a pintores y poetas, vinieron a instalarse aquí. Y los precios subieron. Y los artistas se han ido, porque no pueden pagar los alquileres de las casas y el barrio está lleno de ricos que presumen de haber conocido a los mejores artistas de Roma y de turistas que vienen a fotografiar los lugares en donde vivieron  los artistas”.

No sé si se estos ricachones se fueron a vivir por lo que dijo Giancarlo o no, pero lo que sí es cierto es que El Trastevere es el barrio más bonito de toda la ciudad: sus pequeñas calles con balcones de colores llenas de flores y plantas que suben por los edificios antiguos, los restaurantes con más encanto de toda Roma, las heladerías con su alegre colorido de `gelato de fresa, limón, nutella, stracciatella, mango…

Las amas de casa tienden la ropa en la ventana, un señor mayor pasea a su perro, y los camareros empiezan a preparar las mesas para los turistas que van a comer en su restaurante. Sin lugar a dudas, la visita a El Trastevere es obligatoria vaya con quien vaya, pero si lo hace con su pareja, les aconsejo que coman o cenen por allí, e incluso si tienen tiempo de sobra, visítenlo tanto por la mañana como por la noche, les sorprenderá.

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Entre calle y calle pasamos por `La Bocaccia´ “la pizza come piace ai romani” y su olor a pizza recién hecha nos incita a entrar. El Trastevere, además de ser el barrio más bonito de toda Roma es el más barato. Tres trozos de pizza por 5 euros. Nada mal.

Para despedirnos de este lugar, el Ristorante Carlo Menta situado en Via della Lungaretta nos ofrece la mejor pasta que he probado en Italia. Ese “Penne a la gorgonzola” estaba espectacular, aunque mejor era el precio. Siempre se ha dicho que si no quieres comer como un turista visites El trastevere.

Capítulo 2

Ese día queremos ver la Roma romántica, y tras recorrer el barrio, damos un largo paseo de casi una hora hasta llegar al Ponte Milvio. Quizás alguno de ustedes se hayan preguntado en más de una ocasión por qué hay candados en muchos de los puentes de ciudades europeas como París, Berlín, Roma o Sevilla. La culpa la tiene Federico Moccia, autor del libro y película Tengo ganas de ti. En ella, el protagonista Stefano Mancini pone un candado con Gin y tira la llave al Tíber, sellando así su amor para siempre. “Il luchetto di amore” (el candado del amor) simboliza la unión eterna, y desde entonces, parejas de todo el mundo imitan a Step y Gin.

He de reconocer que desde hace bastantes años he tenido la idea de poner mi propio candado en el Ponte Milvio, pero es tal la decepción que me llevo al llegar al puente, que se me quitan las ganas de golpe. Realmente leí hace tiempo en un periódico que iban a quitar los candados porque el puente no podía aguantar su peso y se iba a derrumbar, pero aun así no puedo evitar indignarme por la imagen que tiene ahora el famoso “Ponte Milvio”.

Hace cuatro años fui a Roma con una amiga y ella puso el candado que le había regalado su novio para fortalecer su amor. Recuerdo perfectamente la ilusión que nos hizo llegar al mismo sitio donde se grabó la película tres años atrás porque el puente estaba a rebosar de amor. Creo que no cabía ni un solo candado más: en las cadenas de la entrada, en las farolas e incluso adaptaron una zona a lo largo de los dos brazos del puente para que miles de parejas pudieran colgar su candado. Me llamaba la atención que en un mismo candado hubiera nombres chinos, italianos, franceses, españoles, africanos…El amor no entiende de razas, ni de edad, sexo, religión o clase social. Simplemente se ama y punto.

Cuatro años después no queda nada. Me invade el enfado y la tristeza al ver que solo dos farolas tienen candados. Cada uno con una inscripción de la fecha que empezó su noviazgo o el nombre de los dos enamorados. En las paredes de piedras, muchas frases de amor. Algunas me llaman la atención, como esta italiana: “Sei la mia meta del cielo”; o esta española: “la distancia separa cuerpos, no corazones”. Qué gran verdad. Una pareja se está abrazando al lado de una de las farolas. No me ha dado tiempo ver si habrían puesto un candado o no, pero por suerte puedo captar el momento.

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Mientras me voy del puente me pregunto cuántas de las parejas que hayan tirado su llave al Tíber seguirán juntos. Nunca lo sabré.

Capítulo 3

Cogemos el autobús que nos lleva directos a Santa María in Cosmedín, una basílica medieval construida en el siglo VI sobre los restos del Templo de Hércules en el Forum Boarium. Esta iglesia es conocida por albergar en su interior la Boca de la Verdad. Es una escultura de un diámetro de 1,75 metros y representa un rostro masculino con barba en el cual los ojos, la nariz y la boca están perforados y huecos. Cualquier fanático de Audrey Hepburn conocerá la broma que le gastó Gregory Peck a la actriz en la escena que rodaron ante `la boca della verità´ en la famosísima película Vacaciones en Roma.

La leyenda sobre este monumento, que se explica en la película, cuenta que quien miente pierde la mano al introducirla en la boca. Así, Peck, sin previo aviso a la actriz, mete la mano y la esconde por debajo de su manga. Esto provoca el susto real de Hepburn y el director, Wyler, no dudó un momento en meter la escena de la broma en la película al ver la reacción de Audrey Hepburn.

Y quien haya visto Vacaciones en Roma se habrá imaginado pilotando una vespa a toda velocidad por las calles romanas y dando una vuelta por el Coliseo o comiendo un helado en la Piazza di Spagna, tal y como lo hizo Audrey Hepburn y Gregory Peck. De hecho, en Roma hay muchas empresas dedicadas al alquiler de scooters, siendo la vespa la moto más solicitada, quizás por ser el símbolo del mítico transporte italiano. Así que sin duda, merece la pena alquilarla un día y recorrer con su pareja las calles que en su día hicieron la famosa Audrey y el actor Grerory Peck.

Al salir de Santa María in Cosmedín, cruzamos todo el Circo Massimo y en cinco minutos estamos en el Colosseo. Aunque este monumento es más histórico que romántico ¡Es una visita obligatoria! La arena, como se conocía antiguamente, medía unos 87 metros de largo por casi 57 de ancho. El edificio se elevaba unos 48 metros sobre el suelo y su perímetro exterior, de forma ovalada, cubre medio kilómetro.

Con la entrada al Coliseo tiene derecho también de entrar por el Palatino (foro romano). Al pasar por todas estas ruinas romanas, llegamos al monumento a Vittorio Emmanuele II, un inmenso monumento blanco en memoria al primer rey de la unificación italiana. Y a pesar de ser el centro de fotos de toda la Piazza Venezia, a los italianos no les gusta este monumento. De hecho, según un señor que paseaba con su esposa por allí dijo: “Non capisco perché stai faciendo foto a questo” (no entiendo por qué le hacéis fotos a esto). Ahora entiendo que se debe porque al construirse derrumbaron un gran área de la colina capitolina y demolieron de un barrio medieval, algo que no gustó mucho a los romanos.

Capítulo 4

Desde Via del Corso se accede a sitios como el Panteón, Plaza de España o la Plaza Navona. Esta plaza es, desde mi punto de vista, una de las más bonitas de la ciudad. Está rodeada de bares y restaurantes en los que los turistas se gastan los duros simplemente para tener las mejores vistas a la plaza. Entre las dos fuentes, varios artistas le intentan vender sus acuarelas a un grupo de turistas chinos e incluso se toman fotografías con ellos.

Reconozco que no me tomé todo el tiempo suficiente para observar bien Vía del Corso porque estaba deseando ver la Fontana di Trevi. Sin lugar a dudas es mi monumento preferido de la ciudad. Lo mejor de todo es que no sabía la calle exacta que tenía que coger para llegar, pero al escuchar el agua fui literalmente corriendo para ver cómo había quedado tras 17 meses de restauración. El resultado…una maravilla. Es la fuente más bonita del mundo. Estaba limpia, con agua, sin andamios; simplemente perfecta. Esos 26 restauradores han hecho muy bien su trabajo.

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Aunque la película de Federico Fellini de los años sesenta sea antigua, al estar en medio de la fuente y ver la cascada de agua caer, no dejo de imaginarme la escena de Anita llegando a la fuente con un gato en la cabeza, y ella, ni corta ni perezosa se queda en camisón y entra en el agua incitando a Marcello a que haga lo mismo: “Marcello, come here” ¡Cómo iba a resistirse el italiano a esa rubia que se estaba dando el baño más sexy de toda la historia del cine! Hoy por hoy es totalmente imposible repetir la escena porque te multan seguro.

Qué suerte tuvo Anita al poder estar sola en la fontana di Trevi sin que nadie la molestara. Les aseguro que hoy en día no puedes hacer una buena foto sin que salga absolutamente nadie, a no ser que se levante a las cuatro de la mañana, y aun así, probablemente nunca encuentre la fontana sola.

¿Por qué siempre hay gente lanzando monedas al agua? El mito nació con la película Tres monedas en la fuente y dice lo siguiente: “Si arrojas una moneda: volverás a Roma; Si arrojas dos monedas: encontrarás el amor; Si arrojas tres monedas: te casarás”. Para que “funcione” tienes que tirar la moneda con la mano derecha sobre el hombro izquierdo.  Se dice que la fuente llega a recaudar casi un millón de euros, y aunque durante unos años decidieron donarlo a la caridad, actualmente se destina a invertir en las necesidades de la capital italiana.

Me gustaría poder decir que es el lugar perfecto para relajarse y tomar un descanso pero lo cierto es que la plaza siempre está abarrotada de turistas que lanzan unos tras otros las monedas mientras se hacen fotos. En realidad me llega a dar hasta coraje porque solo unos pocos se detienen para admirar la verdadera belleza de la fontana, mientras que otros se dejan estafar por los fotógrafos callejeros que te ofrecen una instantánea con una cámara Polaroid por cinco euros.

Entre moneda y moneda, un hombre le pide de rodillas a su novia matrimonio en mitad de la Fontana di Trevi, ¡Qué romántico! Ella entre lágrimas acepta y toda la plaza empieza a aplaudir. Los novios se funden en un beso sin importarles que están en medio de cientos de personas que los están mirando de arriba abajo mientras les hacen vídeos y fotos, y yo no podía ser menos. Ella se coloca su anillo y uno de los fotógrafos callejeros les hace un reportaje que seguramente merezca la pena tenerlo.

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Tanto si tienen tiempo como si no, les aconsejo ver la fontana di Trevi en todas sus facetas, ya sea de día o de noche, porque siempre que vaya allí, pasarán cosas diferentes.

Capítulo 5

Una noche fuimos a cenar a un restaurante al lado de la Fontana di Trevi. Nos costó decidirnos porque los precios eran un robo. ¿Cómo puede valer un plato de espagueti a la carbonara 16 euros? Tendría que ser los mejores del mundo aunque nunca lo llegaré a saber puesto que fuimos al restaurante de al lado. Era la típica trattoria italiana con fotos antiguas del dueño del momento en el que inauguró el restaurante junto a su esposa unos cincuenta años atrás. Fotos de famosos colgaban por el restaurante, además de una pintura de la Fontana di Trevi muy bonita y colorida. A pesar de no ser temporada alta, la trattoria estaba a reventar de gente y jugamos a imaginar cuántas parejas se sentarían en aquellas mesas cada día…

La tarde antes de volver a España, quisimos llevarnos el recuerdo de unas de las mejores vistas de toda la capital italiana. El Gianicolo es considerada la octava colina de Roma, un lugar fresco alejado de todos los turistas, el tráfico y los vendedores ambulantes que te acosan constantemente para venderte un palo selfie o un cargador portátil para el móvil. El sol se iba desvaneciendo entre los impresionantes monumentos de la ciudad. La basílica de San Pedro y el monumento a Vittorio Emanuele II eran los principales protagonistas de ese atardecer romano. Todos los presentes observaron durante unos minutos la caída del sol.

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Me entró la melancolía al pensar cuándo volvería a ver un atardecer así. Observé con mucha atención todo lo que ocurría a mi alrededor e intenté memorizarlo en mi retina. No sé realmente cuándo volveré a ver un paisaje así, pero de lo que estoy segura es que tardaré en olvidar todo lo vivido en este último viaje. Sin duda, una ciudad para recordar.